29 August 2017

TEXTO: Lorena Canales

Me aventuro a especular que las mujeres, ahora y más que en cualquier otro tiempo, se enamoran de ellas mismas a más temprana edad y a tasas más altas. Lo que experimentamos son mujeres versadas en sí mismas, —mujeres conectadas con su sexualidad, con su entorno y con la energía—, no con un ser femenino o feminista necesariamente, si no con el sencillo y único hecho de ser mujer.

La mujer (es) muchas. Desde las más tradicionales y conocidas, como lo es la mujer heterosexual cisgénero que tiene 3 hijos, hasta las más provocadoras y matizadas, como aquella mujer trans cuya pareja está embarazada de ella.

Las expresiones incluyen a la mujer que opta por vestir hábitos de monja y a la que permite a los otros verla mientras se desnuda frente a una cámara de computadora. Y para caer en el cliché, —entendiendo el cliché como el código que todo mundo decide ignorar—, las mujeres vienen con tetas chicas, grandes, disparejas, planas, operadas y naturales; con caderas grandes, nalgas redondas y nalgas cóncavas; peludas, lampiñas, con clítoris de todos tamaños, diseñados o naturales; femeninas, masculinas, andró- ginas, fluídas, queer, sin etiquetas, con pantalones, faldas, mantas y g-strings; que saben cocinar, que queman el agua, que tienen orgasmos, que tienen embarazos, y la lista, es infinita… La mujer es la primera que tiene que bienvenir la pluralidad de su naturaleza, en ella y en las otras mujeres (esto último muy importante).

Son conceptos como feminismo y feminidad los que más me preocupan, porque en la mayoría de las ocasiones se utilizan como contrapuntos y no como complementos; el uno denunciando al otro y a la inversa. La mujer puede ser femenina y feminista, o feminista y no femenina, o ninguna de las dos, y aún así, ser mujer. Hoy existe una gran urgencia por hacer estas realidades visibles, de sacarlas de la oscuridad y de resolver los problemas de antes y de hoy.

 

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